Ángulo Pro
El ocaso del Estado de Bienestar
Por Joaquín Estefanía
“Europa será vuestra venganza”, le dice el canciller alemán Konrad Adenauer al primer ministro francés Guy Mollet en 1963, casi 20 años después del final de la II Guerra Mundial. La Europa unida había nacido un lustro antes (en el año 1957) como fruto de tres relatos. En primer lugar, el de la reconciliación: el territorio del viejo continente no debía ser jamás, de nuevo, el terreno de conflagraciones fraticidas, con la experiencia de la Guerra de los Treinta Años -entre 1914 y 1945, las dos guerras mundiales y sus secuelas- al fondo. El segundo relato era el de las libertades: no a los totalitarismos de uno y otro signo (el comunismo y el fascismo). El tercero era el modelo social europeo, calificado como Estado de Bienestar, la mejor utopía factible de la humanidad: que el ciudadano, por el hecho de serlo, se sintiese protegido desde la cuna a la tumba.
Más de medio siglo después, las dos primeras narraciones afortunadamente no tienen que movilizar a nadie. Las jóvenes generaciones dan la reconciliación y las libertades el carácter de derechos adquiridos sin marcha atrás (ojalá lo sean). La disputa, el debate se centra ahora en el Estado de Bienestar, acuciado por una triple crisis: la económica y los cambios demográficos (de una sociedad joven a una sociedad vieja), en los que se argumentan los ajustes, y la inexistencia de un modelo económico alternativo, tras la caída del muro de Berlín. Muchas de las concesiones que se hicieron en materia de protección social durante un cuarto de siglo estaban motivadas por el temor a que los ciudadanos, principalmente los asalariados, mirasen con envidia la seguridad que aparentemente generaba el socialismo real y votasen a los partidos comunistas occidentales.
Después de la II Guerra Mundial el consenso se cerró alrededor de los partidos democristianos (la derecha moderada) y los partidos socialdemócratas (la izquierda parlamentaria mayoritaria) y consistía en no llevar las divisiones ideológicas hasta la polarización y la desestabilización política. Este fue el rasgo distintivo del acuerdo en Europa Occidental. El resultado fue lo que se ha denominado “la edad dorada del capitalismo”, el periodo de mayor crecimiento económico, acompañado de una fuerte protección social y de las libertades políticas. El historiador británico Tony Judt (Postguerra, editorial Taurus) ha demostrado cómo en el lapso de una generación, las economías del continente europeo recuperaron el tiempo perdido, y los resultados económicos y los patrones de consumo europeos empezaron a parecerse a los de la potencia triunfadora en las dos guerras mundiales, EE UU: “Menos de una década después de haber estado luchando por salir de los escombros, los europeos entraron, para su asombro y no sin cierta consternación en la era de la opulencia”. Gobierno, empresarios y trabajadores habían coincidido en fortalecer un círculo virtuoso consistente en un alto grado de gasto gubernamental, la planificación indicativa, una imposición fiscal progresiva y unos aumentos salariales moderados como la mejor hoja de ruta para sobrevivir primero, y aumentar el bienestar de la población después.
Ello duró hasta la década de los años setenta, cuando emergen problemas económicos objetivos como el desempleo, la inflación, el envejecimiento de la población y la ralentización de la economía. El paradigma cambia y penetra con mucha fuerza la revolución conservadora de Reagan y Thatcher, que pone límites a los esfuerzos públicos por cumplir su parte del trato, con lo que la legitimidad del Estado intervencionista se vio menoscabada. El segundo asalto contra el Estado de Bienestar llegó veinte años después, con la caída del muro de Berlín: el espejo en el que se miraban tantos ciudadanos se hace añicos, y lo que hay detrás de él no es precisamente consolador: a cambio de ciertas seguridades económicas se propician las dictaduras, la falta de libertades y la ausencia de disidencia, y la eficacia económica del sistema del socialismo real emerge como muy defectuosa.
El tercer asalto lo ha propiciado la Gran Recesión. La prosperidad capitalista, apuntalada por un Estado de Bienestar fuerte y abundantemente provisto, la paz social sustentada en puestos de trabajo para todos y ventajas laborales distribuidas entre los grupos sociales ha devenido en una utopía mayor.
Joaquín Estefanía ha sido director de EL PAÍS (1988-1993). Ahora es director de la Escuela de Periodismo UAM/EL PAÍS.












