Auge y caída de los viajes en avión
La popularización de los vuelos ‘low cost’ ha provocado un descenso en la calidad de los viajes aéreos del que se está aprovechando el tren.
‘Din Don Din. Buenas tardes, señores viajeros, les informamos de que nuestro 7439 con destino Londres embarcará por la puerta H-3’.
Bien. Una hora para llegar aquí desde casa, y dos de retraso. Sin quejas: una cancelación sería peor. Un par de horas para llegar al destino, solo pasar el control de pasaportes… Porque Londres no es Schengen, ¿no? ¿O sí? ¿Pasaporte o DNI? Pero hay tiempo de sobra. Aunque si hay que quitarse los zapatos… y el cinturón… y el reloj y los colgantes… y el cacheo de después. Y luego quedan los líquidos de la maleta (si la abren y la desordenan, ¿cabrá dentro del compartimento? ¿Saldrá un par de centímetros y habrá que pagarla aparte?). Y tirar la botella de agua para comprar una dentro, 20 metros más allá. ¿Se podrá pasar después? Aunque si se puede llevar un sándwich… Porque dentro valen cuatro euros. Aunque como el sándwich tiene queso a lo mejor se considera derivado de la leche, y la leche es líquida, y no se puede pasar. ¡Y la leche es blanca! ¿Y si piensan que es ántrax o algo así? Si la cosa sigue así, va a haber que sentarse en medio del pasillo”.
Este soliloquio no pretende ser un monólogo cómico, nada más lejos. Tiende más a la desesperación, incluso puede que roce la paranoia. Aunque es un pensamiento común que suele sucederse. Un bucle para las miles de mentes que día tras día, hora tras hora, campan a sus anchas junto con su desesperación en las salas de espera de casi todos los aeropuertos de todo el mundo. Porque, pese a que en el texto no se diga ni una palabra directa al respecto, todo el mundo se ha sentido así antes de subirse a un avión en algún momento de su vida.
Ya nada es lo que era. Ahí queda el topicazo. Y en parte, realidad. Imagínense: Pan Am, Mad Men. Los cincuenta y los sesenta. Un aeropuerto, un billete, una maleta, un asiento, una copa de vino. Sonrisas, un libro, una siesta. Ya hemos llegado. Un taxi, un hotel, en casa. Quizá no haya que remontarse tan atrás. A los nacidos en los setenta y ochenta nos gustaba volar, subirnos a esos amplios aviones (entonces teníamos las piernas más cortas), donde esas señoritas tan guapas te daban cocacolas y panchitos y ceras de colores para pintar folios llenos de bonitos dibujos. Pero ya no. Ya nunca. No nos hagan sufrir el suplicio de subirnos ahí, por favor.
Esto puede ser un canto a la nostalgia, pero encierra una verdad: los aeropuertos y toda su parafernalia se han convertido en un horror. La asociación de consumidores FACUA explica en su informe anual de 2011 ¿Qué denuncian los consumidores? que el transporte es el tercer sector más denunciado por los usuarios, con más de un 7% de quejas. Si nos quejamos es que estamos muy, muy hartos.
‘Low cost’: todo por volar, aunque sea de mala manera
Algunos datos de este informe de FACUA arrojan luz a la situación. Afirman que un 72% de los viajeros de avión no conocen sus derechos. El problema no es ese. El problema es que sea tan necesario conocerlos. El 72% de los usuarios del tren, del autobús, de las baterías de cocina o de los bolígrafos BIC tampoco lo hacen, ni lo necesitan.
Quizá sea cierto que, como ha repetido en más de una ocasión [con ¿sinceridad? ¿sorna? ¿poca vergüenza?] el presidente de Ryanair, Michael O’Leary, “el avión no es más que un autobús con alas”. Pero los autobuses no son tan engorrosos ni su tripulación -si acaso la hubiera- tan plasta como la tripulación de este empresario que se ha hecho rico (su fortuna se estima en más de 18 millones de euros) gracias a vender billetes de Oslo a Bruselas por 10,99 euros. Y por hacer de ello un sufrimiento necesario, tanto para el resto de compañías, que se han visto obligadas a cambiar su modo de pensar y actuar en apenas una década, como para los usuarios, que ansían viajar cuanto más lejos y barato mejor.
Ansían viajar. Ansiamos viajar. Nos gusta, nos encanta. Pero, parece que no nos gusta volar. De los 208 millones de pasajeros que pasaron por los aeropuertos españoles en 2007, se ha pasado a 191 en 2010, según los últimos datos de los que dispone el Instituto Nacional de Estadística. Además de la crisis, claro, está el miedo provocado por atentados, amenazas de bomba y accidentes: el curso de perder el miedo a volar organizado por el Colegio Oficial de Pilotos y la Asociación Española de Psicología de la Aviación está cada vez más solicitado pese a los más de 700 euros que cuesta. Pero también influye que las condiciones de lo que debería ser una actividad placentera no son buenas. Si nos lo planteamos en profundidad, apenas son justas. Las reglas del juego nos dejan en una posición indefensa ante los requerimientos y normas, escritas o no, de volar. Llevo una cantidad de equipaje conmigo, un bolso o maleta mediana, nada molesta para otros. Si lo llevo conmigo, no me cobran por ello. Si, de forma obligada, tengo que meterlo en un compartimento dentro del propio aparato, a escasos metros de mí y sin mi control, pago por ello. ¿Una tontería? ¿Es justo o lógico? Quizá, tras el #gratisnotrabajo o el “No vull pagar” contra el pago de los peajes, esta puede ser una próxima reivindicación ciudadana. Corremos el riesgo de quedarnos en tierra.
Pero la crisis y el cansancio hacen que busquemos alternativas. Porque hay alternativas. Cada vez mayores y más solicitadas, aunque siguen siendo indudablemente caras, más aún en comparación de ese cutre low cost que tanto nos conviene, pero pueden ser una alternativa en la media distancia. En España, hace ahora veinte años que se puso en marcha el AVE: 478 kilómetros de alta velocidad -que ya han pasado a ser 2.200- y, sobre todo, de comodidad. De un tráfico de apenas 2,3 viajeros en el año 93, el AVE ha llegado a los once millones en 2010, según los últimos datos conocidos. Trenes que vuelan a 400 kilómetros por hora. Y con un uso, según estudios recientes, especialmente eficaz entre los 250 y los 850 kilómetros por hora.
El responsable de comunicación de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, Juan Altares, cuyo organismo se dedica, entre otras, a la divulgación y la gestión del patrimonio, da una idea bastante acertada de la cuestión del viaje. “Antes se viajaba sin más, el tiempo no importaba. Lo importante era la sensación del viaje, el tiempo era algo accesorio. Ahora lo que ocurre es que importa menos el viaje y más el tiempo”, explica Altares, también encargado de editar la revista especializada en ferrocarriles Vía Libre. Este planteamiento lo refuerza Antonio G. Vázquez, vicepresidente de la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Madrid (AAFM): “Es lógico que las grandes urbes tiendan a recuperar el tren, es parte del día a día en la ciudad. En Europa, es el medio cotidiano para transportarse. Países como Alemania, Suiza o Francia potencian grandes políticas en sus sistemas ferroviario, permitiendo mantener relaciones entre todas las poblaciones, de tal forma que cualquier urbe, por pequeña que sea, guarde servicio por ferrocarril”.
Entonces ¿tren o avión? ¿Con qué quedarse? ¿Hay que elegir? En cuanto a comodidad algo parece claro, aunque la cuestión del precio suele ser lo más peliagudo, y los billetes de tren siguen sin ser económicos. Pero ¡ay! Llegar con cinco minutos de antelación, poder ver el paisaje, usar el móvil -aunque no usarlo es, para algunos, una ventaja del avión-, espacio y comodidad, menos huella contaminante, exquisita puntualidad, llegadas y salidas rápidas… “En la media distancia y con el AVE las alternativas son buenas. Un Madrid-Barcelona en avión lo haces en una hora. Pero el tren, en dos y media, te deja en el centro. La larga distancia es más complicada, porque el avión sigue siendo bastante bueno”, cuenta Altares.
El vicepresidente de la AAFM también cree que el tiempo es fundamental. Y que evitar la pesadilla que pueden suponer Barajas y compañía, también. “Es un hecho consolidado que en los últimos años el ferrocarril está sacando ventaja al avión. El tiempo, digamos, se cotiza al alza, y el ferrocarril propone precisamente esto, con una ventaja en cuanto a comodidad con respecto al avión, aunque sólo sea por evitar los incómodos aeropuertos actuales. Creo que el viajero que utiliza el tren percibe la sensación de estar aprovechando su tiempo. El AVE Madrid-Barcelona tiene una ocupación media que roza el 80%. Y esto es debido al servicio: puerta a puerta. La ubicación de las estaciones en las ciudades, la cercanía del servicio al usuario quizás haga pensárselo dos veces antes de subir al avión”, explica.
Si conseguimos dejar fuera lo monetario y, quizá, el reloj, ¿sabríamos que elegir? ¿Tiempo o disfrute? Como explica Altares: “Se ha abandonado durante mucho tiempo la idea del tren romántico, pero ahora vuelve. Ahora existen el TransCantábrico o el AlAndalus, con un concepto decimonónico de lujo, de disfrute”. A ver si encuentran un avión “romántico”… Disfrute versus dinero. Una historia tan vieja como el mundo. Pero que, como el mundo, no deja de girar, y más en estos tiempos. Una historia de ida y vuelta por las vías -aéreas o férreas- del tiempo.















Muy bueno. Muchas suerte a todos con el proyecto. Un abrazo muy fuerte, Alberto.
Me ha gustado mucho Porcel! Mucha suerte con el proyecto, tiene muy buena pinta. A triunfar!