Primavera árabe, otoño sirio
La ola de revueltas que sacudió Oriente Próximo en 2011 se ha frenado ante la resistencia del régimen de Bachar el Asad.
“No creo que vaya a llegar la democracia y no sé cómo va a terminar todo eso. La desesperación es terrible. Los amigos y familiares de allí me cuentan que la situación es dramática, no ven futuro, no tienen seguridad, no tienen para comer”. Ahmed, nombre fictico por miedo a revelar su identidad, vino a vivir a España desde Siria hace más de 30 años pero su familia ha sufrido directamente la violencia del conflicto: tres de sus parientes murieron en un pueblo en la región de Idlib (al noroeste del país) por disparos de las fuerzas del régimen sirio. “Todo escasea y la gente te dice: ‘o voy a morir de hambre o por una bala, y visto lo visto, prefiero luchar’. En Siria no hay perspectivas de salida ni esperanza”.
La que parecía una ola imparable contra los dictadores del mundo árabe (Túnez, Egipto, Libia…) se ha encallado en Siria, donde el régimen de Bachar el Asad se enfrenta a una revuelta que empezó el 15 de marzo de 2011. “Siria es un dramático ejemplo para toda la región: cuidado que no todos los dictadores van a caer tan rápidamente como Ben Alí [Túnez] y Mubarak [Egipto] ni todo se va a resolver del mismo modo que en Libia, con una intervención extranjera”, explica Mayte Carrasco, periodista que cubrió el conflicto en diferentes ciudades de Siria, incluso la martirizada Homs; “es una dura advertencia que nos enseña que la caída de los dictadores es más complicada de lo que parece”.
El régimen de El Asad juega, además, con importantes bazas geopolíticas que no tenían sus colegas defenestrados. “Es por la importancia estratégica del país en el tablero de Oriente Próximo. El presidente tiene detrás el apoyo de grandes países como Rusia, China e Irán, que no tenían otros dictadores que cayeron: son aliados potentes que tienen mucho poder en el terreno diplomático y militar. Por eso su régimen aguanta”, destaca Kristina Kausch, investigadora para el Magreb y Oriente Medio del think tank FRIDE. “El Asad confía en que no va a haber intervención militar extranjera y se siente bastante seguro. Sabe que en Libia, sin la intervención de la OTAN, Gadafi hubiera seguido en el poder. Utiliza los instrumentos diplomáticos como en un teatro, juega para ganar tiempo. Tiene el poder absoluto y no ve en peligro su posición, el Ejército y los generales le apoyan. Además, los rebeldes sirios no muestran unidad sino fragilidad en cuanto a capacidad política y militar. El Asad está en posición de clara superioridad”, señala.
La escalada militar en el país, que ha causado más de 10.000 víctimas según la ONU, es un calvario que dura más de un año para todos los sirios, incluso los que viven fuera. “Estoy sufriendo muchísimo por la impotencia frente a esa situación que no se puede aguantar”, se lamenta Ahmed. “Llamo a mi familia y me dicen que no vaya. Allí hay una inseguridad absoluta, actualmente salir de casa es un peligro, no sabes si volverás con vida o no. Te pueden coger los del régimen, te meten en la cárcel y ya nadie sabe más de ti. Es terrible”, asegura.
Lo que ha decepcionado a muchos sirios es la radical transformación de El Asad que, cuando subió al poder en 2000 tomando el relevo a su padre Hafez, estaba considerado en el país como una esperanza reformista y hasta ahora había contado con el apoyo popular. Ahmed recuerda que antes no se percibía al nuevo presidente como “a un dictador”. “Se confiaba mucho en él. Yo estaba muy contento e ilusionado cuando Bachar llegó al poder porque antes había vivido en Londres y tenía que haber aprendido algo de esa experiencia para volver a Siria con una mentalidad más abierta”, explica, “pensaba que iba a haber reformas, apertura a Occidente, democracia pero, con el tiempo, esto ha cambiado y ante las protestas ha actuado igual que Gadafi”.
Mayte Carrasco destaca otro rasgo típico de muchos dictadores ante las revueltas: “Los e-mails privados entre El Asad y su mujer Asma, que se han publicado en la prensa británica, revelan que están completamente desconectados de la realidad. Durante la brutal ofensiva sobre Homs, los dos hablaban de compras de artículos de lujo, de descargar música del iTunes, y su mujer estaba encargando muebles de decoración a París. Viven de espalda a la realidad y dejan el trabajo sucio a la vieja guardia de su padre, que ha decidido seguir el esquema de la masacre de Hama en 1982”.
Como en otras dictaduras, El Asad puede contar con un apoyo importante en el interior utilizando el mantra “Yo o el caos”. Ahmed explica que algunos de sus amigos cristianos que viven en Siria tienen miedo a que se hagan con el poder “islamistas radicales” y que todo empeore: “Hay terror a que triunfe el fanatismo por la amenaza de Al Qaeda, que ha aprovechado para entrar en el país. Y entre la represión y el miedo se está volviendo a la edad de la piedra”.
Carrasco también explica que en Siria ya hay una guerra civil, a la que hay que sumar el riesgo de que los enfrentamientos se conviertan en una guerra sectaria entre comunidades religiosas. En el país, la mayoría suní apoya la revuelta mientras la minoría alauí -una rama del ala chií del islam, que profesa el 12% de la población- y muchos cristianos sostienen al régimen de El Asad. “Uno de los principales miedos que tenemos los sirios es que empiece una guerra religiosa, que es lo más atrasado del mundo. Tenemos cerca el ejemplo terrible de la guerra civil de Líbano, que antes era la Suiza de Oriente Medio y en los años 70 y 80 vivió una tragedia terrible por el enfrentamiento sectario”, cuenta Ahmed, preocupado. “Después va a ser difícil curar esas heridas, no se cicatrizan tan rápido, ya se ha derramado mucha sangre en mi país”, concluye.
“En Siria no sé si está cerca el ocaso de los Asad y ni siquiera si llegará”, reconoce Carrasco, que explica que el Ejército Sirio Libre no tiene la fuerza para derrocar al régimen ya que no recibe mucho armamento ni dinero de fuera, mientras que en el caso de Libia se veía mucho material extranjero entre los rebeldes. Los delicados equilibrios geopolíticos de la región, y las resistencias de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de la ONU para evitar la intervención internacional, arrojan serios interrogantes sobre el desarrollo de la situación en Siria. La comunidad internacional se encuentra paralizada ante la escalada del conflicto, aunque intenta mover fichas frente a la resistencia de Moscú y Pekín. El 29 de mayo, algunos países europeos, junto con EE UU, Turquía, Canadá, Japón y Australia, expulsaron a los diplomáticos sirios de las embajadas de sus capitales como respuesta a la enésima masacre, la de la ciudad de Hula, donde murieron unas 100 personas a manos de las fuerzas del régimen.
Las esperanzas de la primavera árabe se han visto bruscamente frenadas con la tragedia siria, donde se ha enquistado el conflicto entre la revuelta popular y la dictadura. Damasco puede convertirse en un punto de inflexión que nos recuerda que los regímenes autoritarios no van a dejarse derrotar tan fácilmente. Pero no hay que olvidar lo que ha conseguido hasta ahora el despertar árabe, señala Kristina Kausch, por qué estas revueltas han cambiado profundamente toda la región: “Los estándares políticos y sociales ya no son los mismos de antes. Esta ola de transición le ha dado a la gente la esperanza de que el poder del pueblo pueda cambiar el rumbo de un país. Es algo totalmente nuevo para el mundo árabe, es un hito revolucionario y esto puede seguir con el levantamiento de la población en otros países. Las dictaduras están menos seguras que antes”. Algo ha cambiado y los sátrapas ya no retozan impunemente en sus castillos.














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